Luna de miel en Kioto en otoño: 4 días entre templos, farolillos y arces rojos

Pagoda del templo Kiyomizu-dera de Kioto rodeada de arces rojos en otoño

Hay un momento, sobre las siete de la mañana de un día de finales de noviembre, en que Kioto todavía es de quien madruga. Los arces del Camino del Filósofo ya están rojos, no hay nadie en el sendero y el aire corta un poco. Dura poco: hacia las diez, la ciudad se llena. Pero en esas primeras horas se entiende por qué cada otoño nos pelean las fechas para ir a Japón.

Os contamos cómo plantearíamos cuatro días en Kioto para una pareja que viaja por primera vez. Qué ver y en qué orden importa, sí, pero lo que de verdad marca la diferencia aquí es a qué hora. En Kioto, la distancia entre un recuerdo para toda la vida y una foto llena de gente son noventa minutos de reloj.

Día 1: el este de la ciudad, de Kiyomizu-dera a Gion

Empezad por Higashiyama, la ladera este, donde se conservan las calles empedradas y las casas de madera. Kiyomizu-dera abre a las seis de la mañana, y ese dato es medio itinerario: a esa hora su terraza de madera, suspendida sobre un mar de arces, es prácticamente vuestra. A las once es otra cosa completamente distinta.

Desde allí bajad paseando por las cuestas de Sannenzaka y Ninenzaka, dos calles peatonales que parecen de otro siglo, hasta llegar a Gion. Si aguantáis hasta que se encienden los farolillos de la calle Hanamikoji, veréis por qué medio Japón viene aquí a hacerse las fotos de compromiso. Un aviso: las maiko que crucéis van a trabajar, no son atracción turística. Mirad, no persigáis.

Día 2: Arashiyama, el bambú y el río

El segundo día toca el oeste. Arashiyama es famosa por su bosque de bambú y se lo ha ganado, pero sería una pena que os quedarais solo ahí:

  • El bambú, antes de las ocho. A esa hora el sendero es un túnel verde en silencio. A mediodía es una procesión con palo de selfies.

  • El templo Tenryu-ji. Su jardín, con la montaña haciendo de fondo, es de los que se recuerdan años después. En noviembre está en su mejor momento.

  • El río Katsura. Podéis alquilar una barca de remos o pasear por la orilla hasta el parque de monos de Iwatayama, que regala una vista de toda la ciudad.

Cerrad el día en un onsen o con una cena kaiseki, el menú degustación tradicional que se sirve por tiempos siguiendo la estación del año. Es de las cosas que hay que reservar con bastante antelación, sobre todo en otoño.

Día 3: el norte, del pabellón dorado al plateado

Dedicad la mañana al Kinkaku-ji, el Pabellón Dorado, reflejado en su estanque entre pinos. Después cruzad hacia el Ginkaku-ji, el Pabellón Plateado, que pese al nombre no tiene plata ninguna y es mucho más sobrio. A casi todas las parejas que mandamos les acaba gustando más el segundo, precisamente por eso.

Entre uno y otro está el mejor paseo de la ciudad: el Camino del Filósofo, un sendero de dos kilómetros junto a un canal que en otoño se cubre de hojas rojas y amarillas. Se hace en cuarenta minutos si vais con prisa, pero la gracia es no llevarla.

Día 4: Fushimi Inari y una tarde sin plan

Último madrugón, y este merece la pena de verdad: Fushimi Inari, el santuario de los torii rojos. Casi todo el mundo se hace los primeros cien metros, se fotografía y se da la vuelta. Si seguís subiendo media montaña, los túneles se vacían de golpe y solo se oye el bosque. Son un par de horas de caminata que acaban siendo, casi sin querer, el momento más íntimo del viaje.

Para la tarde, dejad la agenda en blanco a propósito. El mercado de Nishiki para picotear, una casa de té en Uji si os apetece la ceremonia, o simplemente volver a ese rincón que os gustó el primer día. Los viajes bien montados también dejan huecos.

Cuándo ir y cómo encajarlo en la luna de miel

El pico del momiji en Kioto suele caer entre mediados de noviembre y primeros de diciembre, aunque cambia cada año según cómo venga el otoño. Es también la temporada más solicitada del país: los ryokan con encanto se agotan con muchos meses de antelación, así que si os cuadran esas fechas, conviene cerrarlo pronto. No es prisa comercial, es que sencillamente no hay habitaciones.

Kioto combina bien con Tokio, con los Alpes japoneses o con unos días finales de playa en Okinawa, según el ritmo que le queráis dar al viaje. Y consultad los requisitos de entrada actualizados antes de salir.

Por qué Kioto funciona tan bien como luna de miel

Es un viaje sin playa, y aun así de los más románticos que organizamos. Funciona porque obliga a ir despacio: se camina mucho, se come sentados y sin prisa, y hay momentos —el silencio de un jardín, la primera vez que se encienden los farolillos— en los que sencillamente no apetece hablar. Cada pareja lo ajusta a su manera, con más templos o más ciudad, más gastronomía o más montaña. Si os apetece que le demos forma a vuestras fechas, escribidnos y lo vemos juntos.

En Viajes de Miel diseñamos lunas de miel a Japón a medida: alojamientos, trenes y esas reservas difíciles, resueltas para que solo tengáis que vivirlo.

¿Preparados para enamoraros de Kioto?